Cómo las comidas latinoamericanas reúnen a la familia

Cómo las comidas latinoamericanas reúnen a la familia

Lee sobre cómo la comida y los rituales alrededor de la mesa resuenan y unen a las familias


Desde hace mucho tiempo las familias han buscado maneras de reunirse alrededor de una comida. Si bien comenzó como un asunto de supervivencia, comer juntos se fue convirtiendo en un ritual: el antiguo rito de prolongar la vida mediante el alimento. Con cada plato que comemos, absorbemos nutrición y experimentamos ese gozo y compañerismo.

En Argentina se disfruta de las pastas; en el Caribe reina el lechón asado; en México es el pozole; en los Andes ecuatorianos y peruanos, la pachamanca; y los habitantes de las costas del Pacífico se deleitan con el curanto.

Para muchos latinos de primera y segunda generación viviendo en Estados Unidos, las fiestas como Acción de Gracias se han vuelto una oportunidad de tener una nueva excusa para reunirse en familia. Es entonces cuando combinamos el pavo tradicional con arroz con gandules, tamales, o frijoles. Lo importante es celebrar nuestra herencia, y expresarlo mediante los sabores que nos remiten a nuestros orígenes.

Celebrando tu herencia cultural con la comida

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Independientemente de la cultura particular, en casi toda reunión se repiten más o menos los mismos elementos. El día anterior, o temprano por la mañana, hay una comitiva que va en busca de los ingredientes para cocinar. Luego, a media mañana se reúne al equipo especial de expertos culinarios (compuesto por las mamás y las abuelas) para idear un plan, dividir y vencer. La cocina, entonces, se convierte en una orquesta desde donde aromas, sabores y maravillas son producidas para el deleite de la familia.

A menudo las mayores cocinan, y los miembros más jóvenes colaboran en la cocina con otras tareas, organizan la mesa, los platos y los cubiertos. Es decir, cada cual tiene su rol – lo cual es esencial para mantener la unidad familiar. En algunas familias los mayores inclusive pronuncian discursos. En otras, los niños se sientan aparte en una “mesa de niños”. De lo contrario comparten la mesa con los adultos pero permanecen en silencio absoluto.

Recuerdo a la nonna, que hacía milagros en su cocina. Su generosidad era tan expansiva, que no podíamos creer cómo ella solita podía producir comidas tan abundantes y deliciosas.

Una vez que hemos comido, y que los postres han hecho su entrada triunfal al comedor, es el momento de una hermosa sobremesa. Ahí es cuando llega el café y tal vez alguien traiga una guitarra a la mesa. Con el estomago lleno, la familia se entrega al antiguo rito de narrar historias, contar chistes, cantar o sencillamente cultivar la alegría de estar una vez más todos juntos.

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