La mujer que me llevó a ser la Nueva Latina que soy hoy

Janet nos cuenta acerca de su doble experiencia de vida en R.D. y en Miami, y de cómo su mamá estuvo allí para ella siempre.


By Janet-Lynn Jones

De niña, me despertaba escuchando la voz de mi madre cantando la canción Ojalá que Llueva Café de Juan Luis Guerra mientras limpiaba la casa. Cantaba cada frase apasionadamente, como si Juan Luis la hubiese escrito para ella. Hacía que barrer los pisos se viera como si estuviese bailando sobre nubes. Siempre se le veía en completa libertad cuando se perdía en su música favorita.

En esa época yo no entendía, tampoco me gustaba mucho la bachata y el merengue. Para ser honesta, me fastidiaba y le suplicaba que la apagara. Entonces ella me decía “Ayyy Janelin” (así es como pronunciaba mi nombre) “Tú eres dominicana. Para que me entiendas y sepas quién eres, debes entender mi música.”

Durante mi infancia pasaba mis vacaciones de verano, invierno y primavera con la familia de mi madre en República Dominicana – eso me permitió tener dos experiencias de niñez completamente diferentes.

En República Dominicana, la electricidad se iba por lo menos tres veces al día. Si yo quería darme un baño de agua tibia, primero tenía que hervir el agua en la cocina. Muchas veces ni siquiera había agua y entonces tenía que ir a la casa de una amiga para bañarme. Regresaba a casa con un balde de agua para la noche, en caso de que no hubiera agua hasta la mañana.

Comíamos mangú en todas las comidas del día y no existía la opción de abrir la alacena y encontrar algo rico para merendar, porque no había.

Los niños jugábamos afuera todo el día. Mi juego favorito consistía en encontrar una lata de refresco aplastada y, con cualquier palo que pudiese encontrar, jugar mi propia versión de hockey hasta el atardecer. Usaba la misma camiseta durante todo el verano y a nadie le importaba. Recuerdo que me sentía muy llena de vida.

En contraste, mi infancia en Miami consistía en ir en autos lujosos a una escuela privada para luego asistir a una rigurosa agenda de ballet, piano y artes marciales. Ni mi hermano ni yo teníamos permiso de jugar afuera, de modo que cualquier tiempo libre que tuviéramos lo pasábamos aprendiendo la coreografía de videos musicales, actuando los guiones de mi hermano y jugando video juegos.

Todo lo que en República Dominicana se consideraba un lujo lo teníamos a nuestra disposición en casa.

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Antes de empezar la escuela secundaria dejé de ir a Republica Dominicana porque mis padres perdieron su negocio y mi padre se enfermó mucho. Su diabetes estaba fuera de control, lo cual requirió varias amputaciones e hizo que fallaran sus órganos. Mi madre cargó con la responsabilidad de sostener la familia, cuidarnos, hacer las tareas domésticas y cocinar para nuestra familia.

Cada mañana a las 4:30, ya se escuchaba el ruido de las casuelas mientras mi madre cocinaba las comidas para el día. El aroma del arroz blanco y frijoles llenando la casa y el sonido de las monedas sueltas dando vueltas en la secadora siempre me despertaba. A esto se sumaba el sonido de mi mamá tarareando mientras doblaba la ropa.

Del baño cercano se sentía un movimiento y el sonido de la silla de ruedas tratando de pasar por la puerta angosta significaba que mi padre ya se había levantado y me quedaban unos 30 minutos más en la cama.

El aroma del café cubano significaba que mi madre también lo había oído. Para cuando me había levantado y llegado a la cocina, me recibiría una perfecta exhibición de tazones blancos con la comida del día. Mi madre, quien para ese momento ya estaba por salir al trabajo, dejaba una nota con los recados para el día y un Te Amo.

Cuando obtuve mi licencia de conducir pude ayudar un poco a mi madre (aunque ella jamás hubiera pedido ayuda) llevando a mi padre a sus citas médicas. Una vez que sonaba el timbre de la escuela, yo conducía a casa para ayudar a limpiar sus heridas y luego llevarlo para recibir diálisis justo antes de salir corriendo nuevamente para mi práctica de baile grupal. Lo recogía de camino a casa, cambiaba la gasa de sus heridas, para luego salir hacia mi clase vespertina de danza de 6:30 a 9:30 p.m. Más tarde, cuando llegaba a casa, mi madre estaría bañando a mi padre y preparando su cama para la noche. Ella dormía en el sofá para no perturbarlo en la mañana, y así lo haría nuevamente al día siguiente.

Así fue la vida por unos siete años. Mi padre falleció en casa el día de Navidad cuando yo tenía 21 años.

Hasta que yo misma me convertí en madre, nunca aprecié las adversidades que mi madre sobrellevó ni todo lo que ella hizo por nosotros. Más bien pensaba que ésa era una vida normal. Mi madre hacía que todo se viera tan fácil y yo tenía la impresión de que eso era exactamente lo que significaba ser una mujer: ser altruista.

Como muchas de ustedes que están leyendo esto, mi madre llegó a este país a los 24 años sin saber nada de inglés. Ella trabajó sin parar para darle a su familia una vida mejor. A veces pienso profundamente en esto. Yo nací con oportunidades gracias a los sacrificios de mi madre. Soy norteamericana, y a la vez me defino a mí misma con la música, la comida, los aromas y la calidez del país de mi madre. Aunque no comprenda las luchas de mi madre, las llevo conmigo y siento cierta responsabilidad hacia ellas – la responsabilidad de tener las mismas ansias de hacer lo mejor por mi familia y por el mundo que me rodea porque se me ha dado la oportunidad de hacerlo.

Esta es la belleza de ser una Nueva Latina. Llevamos dentro nuestro dos mundos diferentes y nuestra perseverancia viene no solo de nuestras ambiciones personales, sino de la responsabilidad que conllevan los sacrificios de nuestros padres.

Hoy soy esposa, madre y dueña de un negocio tratando de cambiar el mundo una mujer a la vez. Cada gramo de grandeza en mí es gracias a mi madre, Arelis Altagracia Dominguez. A mis treinta finalmente entiendo a Juan Luis Guerra: “Ojalá que llueva café en el campo. Que caiga un aguacero de yuca y té. Del cielo una jarina de queso blanco y al sur una montaña de berro y miel. Ojalá que llueva café.”

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